Kant y el envejecimiento de la Tierra

Kant inicia su ensayo La cuestión de si la Tierra está envejeciendo, vista desde un punto de vista físico, afirmando que si algo debe llamarse viejo no se estima por el número de años que ha existido, sino por la relación de éstos con el tiempo total que ha de durar. El filósofo admite —para su tiempo— la imposibilidad de determinar si la Tierra se encuentra más cerca de su origen que de su final, pero encuentra que este tema es digno de investigación, no como a los viejos que les gusta imaginar que la naturaleza envejece simultáneamente con ellos, de modo que no tienen por qué arrepentirse de haber dejado un mundo que está a su vez cerca de su fin. Lo cierto es, piensa Kant, que los árboles de antaño no crecían más que los de hoy, que los humanos no eran ni más viejos ni más fuertes que ahora; aunque, por supuesto, decir estas cosas no es suficiente para concluir que la naturaleza no está envejeciendo. Podríamos pensarlo desde la incierta comparación entre la fertilidad pasada de la Tierra y la reciente —es decir, cree el autor que la fertilidad de la Tierra determina qué tan vieja es—. Pero, sabemos que la industria humana contribuye tanto a la fertilidad de la Tierra como a una disminución de la misma; la vejez de la tierra es ecosistémica.

Seguramente, cuando surgió del caos, la Tierra se encontraba en un estado fluido, dice Kant. Después de que el interior de la Tierra se volvió más sólido y la destrucción de otras eras cesó, la superficie de esta esfera se volvió algo más asentada, pero todavía estaba lejos de estar completamente formada; primero había que contener los elementos dentro de sus límites apropiados. Finalmente, la naturaleza alcanzó un estado de orden y todos los elementos de la superficie de la Tierra estuvieron en una condición de equilibrio. Una descripción asombrosamente cercana a la que actualmente tenemos. La fertilidad esparció sus riquezas en todas direcciones, y la Tierra estaba fresca en el cenit de su fuerza, pero la naturaleza de nuestra esfera terrestre no ha alcanzado en todas partes el mismo estado de desarrollo. Existen cuatro causas, afirma el pensador, sugeridas por los naturalistas sobre el envejecimiento de la Tierra. La primera es que la salinidad del mar deriva de los ríos que llevan al mar la sal del suelo; la Tierra es despojada de sus fuerzas por los ríos y la lluvia, y reducida a un estado infértil. La segunda causa se encuentra en el efecto de las lluvias y los ríos al arrastrar el suelo y transportarlo al mar, que así parece llenarse cada vez más. La tercera es la sospecha de que el mar se retira de la mayoría de las costas y transforma grandes áreas que antes estaban en el fondo del mar en tierra firme. Y la cuarta es la de aquellos que presuponen un espíritu, un principio imperceptible y universalmente activo, como fuerza motriz secreta de la naturaleza, cuya materia sutil se consume continuamente, a través de la generación incesante de organismos vivos, lo que genera un agotamiento gradual.

La respuesta de Kant a las hipótesis mencionadas permite comprender lo errado de las posiciones, más que su propio punto de vista. El filósofo considera que si lo primero fuera correcto, el océano ya se habría llenado diez veces desde la Creación, con la afluencia de todos los ríos y arroyos. Para la segunda opinión se suelen presentar como pruebas los niveles de las inundaciones, pero, si bien es cierto que la lluvia y los ríos arrastran la tierra al mar, es muy equivocado decir que lo hacen con tal violencia que la Tierra pueda quedar sumergida en el mar por su sola fuerza. Sobre la tercera noción, cree que emergen del mar áreas mucho más grandes que las que quedan sumergidas. Por tanto, la lluvia y los arroyos, poco a poco, se esfuerzan por nivelar las alturas. El envejecimiento de la Tierra es apenas perceptible, incluso durante largos períodos de tiempo, pero esto no significa que los cambios en la fertilidad no puedan servir de signo de su envejecimiento. por último, aquellos que suponen la existencia de un espíritu universal entienden por él alguna materia sutil universalmente activa que, en los productos de la naturaleza, constituye el principio activo y, como una mezcla entre Proteo y Mystique, que es capaz de asumir todas las formas―un Proteus Kant―. Es imposible no ver en esto un poema de la naturaleza, un Peri physeos de la mayor pureza. Semejante concepción no se opone tanto a las ciencias naturales y a la observación sólidas como podría pensarse. Si se considera este espíritu rector, como lo llaman los químicos o alquimistas, esa quintaesencia que constituye la diferencia específica de cualquier cosa en crecimiento, ya que es creada igualmente por cualquier elemento, es decir, por el agua pura y el aire, y si se consideran además los vapores, que se distribuyen por todas partes en el aire y que constituyen el principio activo de la mayor parte de las sales, la parte esencial del azufre y el principio rector del elemento combustible del fuego, cuyos poderes de atracción y repulsión se revelan tan claramente en la electricidad, que son capaces de vencer la elasticidad del aire y generar formas. Sin embargo, tales contingencias no tienen más que ver con la cuestión del envejecimiento de la Tierra que los terremotos y los incendios con la consideración de la forma en que envejece un edificio; la Tierra es una ruina embellecida por las plantas que invaden su ya antigua dureza.